Soy feminista desde hace muchísimo tiempo, y lo soy abiertamente. Toda mi familia y todos mis amigos lo saben, nunca ha sido un secreto ni algo que haya tenido que explicar a medias. Por eso, cuando un familiar político se me acercó a mostrarme videos sugerentes creados a partir de fotos de mis redes, lo primero que pensé no fue en el contenido, sino en una pregunta: ¿por qué?
¿Por qué conmigo? ¿Por qué si sabía perfectamente quién soy y lo que pienso? Y, sobre todo, ¿qué esperaba que pasara? Porque él sabía que iba a reaccionar, sabía que no me iba a quedar callada, y aun así creyó que era buena idea hacerlos y enviármelos. Esa eso es lo que más me sorprende: no el acto en sí, sino la seguridad con la que lo hizo.
No me culpo. Lo tengo claro: el enfermo es él, no yo. Pero reconocerme como víctima no es fácil, y menos cuando conozco el tema de cerca. Me descubro buscando qué pude haber hecho mejor, cómo pude haber dejado más claro mi lugar, mis límites, mi postura. La respuesta es bastante incómoda, no había nada más que aclarar. Lo había dicho todo, durante años, frente a todos. Eso me hizo entender que el problema nunca fue falta de claridad de mi parte, sino falta de respeto de la suya.
Para ser honesta, esto no dañó mi autoestima ni la manera en que me percibo. Mi imagen sigue siendo mía y lo que otros fabriquen con ella no la define. Pero que no me haya roto no significa que no importe. Importa que alguien pueda tomar mis fotos, mi cara, lo que decidí compartir en mis propios espacios, y convertirlo en algo que yo nunca consentí, solo porque la tecnología se lo permite y porque cree que no habrá consecuencias.
Y ahí llega lo que más me desilusiona. Conozco los procesos. Sé que puedo denunciar, sé a dónde ir y qué documentar. Pero también sé que en Guatemala esa denuncia no va a proceder, porque la ley no está pensada para este tipo de violencia. Tener toda la información y aun así no poder hacer nada es una forma particular de frustración: no es ignorancia, es impotencia. Entiendo cómo funciona el sistema, y precisamente por eso sé dónde falla.